Hay una profesión en la que puedes pasarte semanas trabajando para que no ocurra absolutamente nada. Y cuando consigues que no ocurra nada, alguien termina preguntándote a qué dedicas las ocho horas del día.

Bienvenidos al maravilloso mundo de IT.

Ese lugar donde los servidores deben funcionar siempre, Internet no puede caerse, las aplicaciones tienen que responder al instante y las impresoras, por algún motivo que todavía escapa a la ciencia, siguen teniendo vida propia.

Llevo tiempo pensando que quienes trabajamos en redes y sistemas compartimos una especie de maldición profesional: nuestro mejor trabajo es precisamente aquel que nadie llega a notar.

Y mientras el resto de la empresa sigue con su actividad, nosotros estamos ahí, en la trastienda digital, intentando que todo continúe funcionando. Preferiblemente sin que nadie nos llame.

1. El síndrome del ninja invisible

En IT existe una paradoja maravillosa:

Si todo funciona: «¿Y para qué necesitamos tanta gente en Informática?».

Si algo deja de funcionar: «¿Pero qué hace toda esa gente de Informática?».

Es difícil ganar esta partida.

Cuando la red funciona, nadie piensa en los switches, los routers, los firewalls o las VLAN. Nadie se pregunta quién mantiene los servidores, comprueba las copias de seguridad, revisa los certificados o vigila que las aplicaciones sigan disponibles.

Todo eso simplemente funciona.

Y precisamente ahí está la gracia. Una infraestructura bien administrada debería resultar bastante aburrida para quien la utiliza.

Un buen uptime, los backups verificados, los sistemas monitorizados y los problemas detectados antes de que lleguen al usuario no suelen generar felicitaciones.

Ahora bien, que se caiga el WiFi de una sala de reuniones durante treinta segundos y descubriremos que existen personas en la empresa que jamás habíamos visto, pero que tienen nuestro teléfono.

De repente, todo el mundo sabe dónde está el departamento IT.

Somos como los ninjas: trabajamos en silencio, evitamos desastres y, si hacemos bien las cosas, prácticamente nadie se entera.

Eso sí, los ninjas no tenían que rellenar tickets ni justificar por qué necesitaban renovar un switch de hace quince años.

2. Prioridad ALTA: «No llego al servidor»

Hay situaciones que merecerían estar expuestas en un museo de la informática.

Imaginemos una mañana cualquiera.

Estás revisando unos logs, comprobando una incidencia o intentando terminar una tarea que llevas aplazando tres días porque siempre aparece algo más urgente.

Entonces llega un ticket.

Departamento: Administración.

Prioridad: ALTA.

Asunto: NO PUEDO CONECTARME AL SERVIDOR. PROBLEMA DE RED.

Hasta aquí, nada extraordinario.

Abres la incidencia y lees:

«Buenos días. No podemos acceder al servidor desde esta mañana. Parece que la red no funciona. Necesitamos que Comunicaciones lo revise urgentemente porque tenemos mucho trabajo pendiente».

Y, como prueba irrefutable del desastre tecnológico, adjuntan un pantallazo.

Lo abres.

Ahí está la aplicación corporativa. Perfectamente cargada. Con su formulario de acceso, su logotipo y sus dos preciosos campos para introducir las credenciales.

Y justo debajo, en un rojo fosforito que parece diseñado para verse desde la Estación Espacial Internacional:

«USUARIO O CONTRASEÑA INCORRECTOS».

Silencio.

Respiras.

Miras la captura otra vez, por si el mensaje ha cambiado.

Pero no.

La aplicación responde, la pantalla de login aparece y el sistema está indicando exactamente qué está fallando: la autenticación.

La red, al menos para llegar hasta esa pantalla, ha cumplido con su parte.

Pero, naturalmente, el primer sospechoso siempre es Comms.

—¿Habéis tocado algo en el firewall?

—No.

—¿Y la VPN?

—La aplicación es accesible.

—¿Puede ser un problema del servidor?

—Vamos a revisar las credenciales.

Después de unas comprobaciones descubrimos que la contraseña había caducado, que el usuario tenía Bloq Mayús activado o que le habían cambiado los permisos.

Se corrige el problema.

El usuario entra.

Ticket cerrado.

Y en el histórico queda registrada una incidencia de «problemas de conectividad».

La red, inocente una vez más, ni siquiera tiene derecho a abogado.

Por supuesto, existen fallos de autenticación provocados por servicios de directorio o problemas de comunicación. Por eso investigamos antes de sacar conclusiones. Pero no todo lo que impide acceder a una aplicación es un problema de red.

Y no, reiniciar el firewall de producción no debería ser la primera propuesta de diagnóstico.

3. «Yo no he tocado nada» y otros fenómenos paranormales

Si algún día se escribe una enciclopedia de frases célebres del soporte informático, esta debería ocupar la primera página:

«¡Yo no he tocado nada, se ha roto solo!».

Es una frase fascinante.

Porque a veces, efectivamente, algo falla sin que el usuario haya hecho nada. Un servicio puede detenerse, una actualización puede introducir un error o un componente puede averiarse.

Pero otras veces empezamos a investigar y descubrimos que alguien ha desconectado un cable, cambiado una configuración o instalado una aplicación de procedencia bastante creativa.

—¿Has cambiado algo últimamente?

—No, nada.

—¿Seguro?

—Bueno, ayer instalé un programa, cambié la contraseña, eliminé unas carpetas y moví el ordenador de sitio. Pero nada importante.

Claro. Nada importante.

Otra maravilla de nuestra profesión es la magia del reinicio.

Puedes llevar cuarenta y cinco minutos revisando eventos, servicios, procesos, conexiones y registros del sistema. Todo parece correcto, pero la aplicación continúa comportándose como si tuviera una crisis existencial.

Finalmente, decides hacer la pregunta que llevabas evitando desde el principio:

—¿Has probado a reiniciar el equipo?

—Sí, ayer cerré la tapa del portátil.

—Vale, pero ¿lo has reiniciado de verdad?

Reiniciamos.

Funciona.

Y ahí te quedas, mirando la pantalla con una mezcla de satisfacción, derrota y sospecha.

Sabes que reiniciar no explica necesariamente la causa del problema y que, si vuelve a ocurrir, habrá que investigarlo. Pero también sabes que acabas de recuperar cuarenta minutos de productividad con una operación que podría hacer un niño de diez años.

A veces somos ingenieros de sistemas. Otras, exorcistas con acceso de administrador.

4. Mantenimiento nocturno y soporte técnico hereditario

Hay otra parte del trabajo que pocas personas ven.

Los mantenimientos.

Porque actualizar un servidor, migrar una base de datos, aplicar parches de seguridad o sustituir un equipo de comunicaciones no siempre puede hacerse a las once de la mañana.

A esa hora hay usuarios trabajando, aplicaciones procesando datos y departamentos que necesitan que todo siga disponible.

Así que muchos cambios terminan programados en esas maravillosas ventanas de mantenimiento que empiezan cuando el resto del mundo se prepara para dormir.

Son las dos de la madrugada.

Tienes tres terminales abiertas, una sesión SSH, la documentación del cambio, los backups comprobados y un plan de rollback que esperas no necesitar.

Todo va bien hasta que aparece ese mensaje que ningún administrador disfruta leyendo:

Service failed to start.

El café empieza a perder temperatura. Tú empiezas a perder años de vida.

Revisas los logs, localizas el problema, corriges la configuración y vuelves a levantar el servicio.

Todo funciona.

A las ocho de la mañana, la gente llega a la oficina, abre sus aplicaciones y empieza a trabajar como cualquier otro día.

Nadie sabe que cuatro horas antes estabas negociando con un demonio llamado systemd.

Y está bien que sea así. Para eso hacemos los mantenimientos fuera de horario: para reducir las interrupciones. Aunque convendría recordar que esa tranquilidad tiene detrás planificación, pruebas, responsabilidad y unas cuantas horas de sueño sacrificadas.

Pero nuestra aventura no termina cuando salimos de la oficina.

Porque trabajar en IT implica adquirir un cargo vitalicio que nadie te ha ofrecido y al que jamás te has presentado:

Servicio técnico oficial de familiares, amigos y vecinos.

Da igual que seas especialista en BGP, OSPF, firewalls de alta disponibilidad o infraestructuras Linux.

Para tu entorno, eres «el que sabe de ordenadores».

Y eso incluye absolutamente todo.

—Oye, ¿puedes mirarme la impresora?

—¿Sabes por qué mi televisor no encuentra Netflix?

—El móvil de mi madre va lento.

—Ya que estás aquí, ¿me puedes configurar el router?

Y mi favorita:

—Seguro que tú lo arreglas en cinco minutos.

Esa última frase debería activar automáticamente una tarifa de emergencia.

Porque nadie llama al electricista el domingo por la tarde para preguntarle si puede pasarse un momento a revisar «una cosita». Pero al informático se le presupone una disponibilidad permanente, hereditaria y, preferiblemente, gratuita.

Eso sí, después de arreglarlo, alguien siempre dice:

«¿Ves? Si era una tontería».

Naturalmente. Una tontería que llevaba tres semanas sin funcionar.

5. Al final, algo tendrá esta profesión

Con todo esto, podría parecer que trabajar en IT consiste en sobrevivir a tickets absurdos, dormir poco, beber café y desarrollar una paciencia que debería reconocerse como certificación profesional.

Pero hay algo más.

Está la satisfacción de resolver una incidencia complicada, encontrar ese error que llevaba horas escondido en una configuración o ver cómo una infraestructura que hemos diseñado empieza a funcionar exactamente como esperábamos.

Está el orgullo de mantener una red estable, automatizar una tarea tediosa o conseguir que una migración termine sin que nadie note la diferencia.

Y también están los compañeros. Esos que entienden perfectamente lo que significa un viernes a las cinco de la tarde cuando alguien pronuncia la frase más peligrosa de la informática:

«Es un cambio pequeñito, no debería afectar a nada».

Al final, seguimos aquí porque nos gusta lo que hacemos. Aunque a veces nos quejemos, aunque algún ticket nos haga cuestionar nuestras decisiones profesionales y aunque el ping responda perfectamente mientras alguien insiste en que «la red está caída».

La tecnología se ha convertido en algo tan cotidiano que muchas veces olvidamos todo el trabajo necesario para mantenerla funcionando.

Detrás de cada aplicación disponible, cada conexión estable y cada servicio que responde hay personas que diseñan, mantienen, monitorizan, reparan y previenen problemas.

Y si mañana llegas a la oficina, enciendes el ordenador, accedes a tus aplicaciones y puedes trabajar sin pensar en nada de eso, probablemente significa que alguien de IT ha hecho bien su trabajo.

Aunque nadie se haya enterado.

Y ahora, si me disculpáis, acaba de entrar un ticket urgente.

Parece que alguien no llega al servidor.

Otra vez.